sábado, 5 de agosto de 2017

Eslovenia: Poemas de Alberto Hernández, fotografías de José Voglar


Hay veces que la mano invisible del destino une de manera fortuita a quienes menos se lo esperan, creando así, como si de por casualidad se tratase, algo superior a la suma individual de todas sus partes. “Eslovenia” es un libro de
poesía que a su vez es libro de fotografía o viceversa, en este caso el orden de los factores no altera la experiencia, sino más bien la complementa.

 Serendipia podría ser otra forma de describir la afortunada colaboración entre dos maestros de sus respectivas artes: el poeta venezolano Alberto Hernández y el fotógrafo esloveno-venezolano José Voglar, que nos han honrado al confiarnos este trabajo. 

En una entrevista que estamos por publicar, José Voglar, narra su viaje a Eslovenia en 1999, viaje que sería la semilla de este poemario: al regresar a Venezuela, Voglar organizó una exposición fotográfica titulada Eslovenia s/t, la cual fue exhibida en marzo del 2000 en la Galería Diafragma de Maracay. A esta exposición acudió Alberto Hernández. No hay que conjeturar sobre lo que cautivó la mirada del poeta, pues éste sin tener nexo  previo con el lugar de las fotos escribió, por cuenta propia y de manera independiente, los poemas que hoy acompañan estas imágenes. 
  
El poemario por razones de fuerza mayor ha permanecido inédito hasta hoy. A continuación  reseñaremos y publicaremos parte de esta obra, que tanto se merece ver la luz del día.

   Este bello trabajo combina dos poderosas expresiones artísticas que dialogan entre sí, el verbo y la imagen. Ambos artistas entretejen armónicamente su trabajo, dialogan con Dios, hacen y deshacen, preguntan, responden; crean y destruyen en el imaginario del lector. 

 Este poemario nos traslada sutilmente a una  Eslovenia que está viva, que respira, que late, palpita, suspira, nos llama. Es a veces un eco distante y otras veces una voz clara y potente. Es abstracta, es concreta, es anhelo, es paz, conflicto, sobriedad, melancolía, consuelo, anhelo, un bello sueño, el cielo, misterio, enigma, belleza y soledad; Dios y su obra.

 En el lente de Voglar se percibe la mirada del asombro, vemos a Eslovenia con los ojos de quien no da el mundo por sentado y contempla sin prejuicios la creación. A través de su mirada, y con la grata compañía del verbo, sentimos que Dios estuvo allí, y que permaneció solo, en silencio, en paz. La inmensidad que es Dios se hace verbo, espacio, profundidad, luz y sombra. El tiempo, impregnando todo a su paso, se congela en un instante de fotografía: vemos un pedacito de tiempo detenido que al contemplarlo, por momentos da la ilusión de movimiento.

 El poemario nos da la sensación de que Dios está en todas partes, incluso en donde pareciera no estar, en donde no hay nada. Incluso, cuando se va. Da la impresión de que el poeta vio a Dios y se sentaron a conversar. Luego Dios se fue y el poeta crea con la presencia de su ausencia. La poesía de Hernández brinda una atmósfera y una lectura que se abre a más posibilidades, pues no es explicativa, al contrario, sugiere, insinúa, propone, expande, inspira, inventa, siente e imagina. Vemos al hombre frente a la naturaleza, extasiado, anonadado, fascinado en una experiencia estética y espiritual. Contemplación, vacío, plenitud. Después del verbo sigue el silencio.

 Las lecturas son miles, las posibilidades infinitas, el diálogo permanente, sin embargo, luego de leer esta obra, nos queda claro que la pregunta, es más poderosa que la respuesta.


Una primera mirada a “Eslovenia”
Poemas de Alberto Hernández y fotografía de José Voglar






Leo con los ojos cerrados,
el monte,
las hojas del viento,
la muerte
en los tantos nombres borrados
en la roca,
en Dios de pie sobre la tierra.





                                                                                                                                                                                                         


De quién es ese párpado, ese globo ocular
que desviste la tierra

De quién el trazo de la boca
Por donde dejaron de brotar en palabras
las aves y sus vuelos

De quién la carne magra bajo el frío

De quién los dientes que roen

este paisaje de brumas y pesadumbres

De quién son mis ojos,
estos que te miran,
Slovenija
                                        
Nadie puede quitarme mis propiedades
estos lobos feroces
incansables
este pan sin bocado
este atajo
a la muerte
este mapa de cambios
este miedo
esta feliz espera de los años

De quién entonces
son estos párpados perdidos
esta algarabía silenciosa
este ruido          
Una sola pregunta
basta para disiparme

¿Quién queda de este lado
del mundo
cuando Dios regresa de la niebla?






El hielo es un lagarto impreciso
fluido de esta tierra que pregunta
-que escala por la piedra-
hasta la curva racional
de los pinos

Laibach, Ljubljana 

El hielo derrite el tiempo
en el último verso de la muerte
en la última muerte del poema

en el nombre que oculta

Mi alma no entra por la puerta:
(dejo la eternidad atrás)
ojiva es la carne que me habita
la sangre
en el marco de luz
en los mosaicos de piedra
y arabescos

En qué pueblo o bosque
lejos de Bratislava dejé
de morir
mientras la raya de la piedra muerde
el reflejo infinito

                                                                                 

        Baja la colina
        y la casa
        Bajo el árbol
        el tronco absoluto
        de la sombra

        Baja la casa y la colina
        Arriba
        el árbol sin hojas
        sin colina
        sin casa

        Sólo el ojo
        sin cara
        sin colina, cerca del cielo                                                                        

                                                                                   





       
        Slovenija no tiene nombre
        no tiene título:

        alzada por los pinos,
        el olfato de Dios
        la inventa y la regala:

        sin nombre
        la repito en el nombre

        sin título
        la llamo
        y viene
        verde, helada
        arbolada
        silenciosa, viva


        mirada de frente, sin miedo alguno





Al fondo
la mordedura del precipicio:
agujas y pinares
el cielo acumulado entre las hojas

El ojo viaja
hacia el único arriba
donde la lluvia es granizo
y líneas hirientes:

el alma limita
con el ahogo

donde los troncos
irrumpen
en el lugar intacto

Quién corrompe este cielo,
estas nubes
miradas por la copa convulsa
de los árboles







Allá
donde Dios
pregunta por nosotros
   
                 Slovenija 










Seco está el día
la nieve fabula
              el desierto,
                              arde














             Bajo el arco,
             la puerta abierta
             hacia la luz:

             alguien se quedó detenido
                                                     muerto
             en el asombro del día














Tótem. La inclinación de la cima rivaliza con el
miedo.
La nube agasaja la piedra
el conjuro
la nieve esquiva,
siempre la altura cercana,
                 la mudez del temblor
sobre los párpados.






Bosque. La tierra cortada en la línea exacta del
viento.
Crece entonces la mirada, asciende y topa con las
primeras orillas de una casa.

El monte sucumbe con la música dejada sobre una mesa.
Los objetos de comer y beber. Los trajes de la última
hora, la herida
de espada. Y más arriba las flechas, una ballesta
mohosa
en el filo de la ventana.

El castillo para otear el país.
Slovenija salpica el cielo.

Allá -entonces- alguien vive aún, se desliza sobre
las raíces
de los grandes árboles amontonados del bosque.
Despierto con la sangre y la savia de quienes huyeron
por el borde de un puente derribado.

La verdad se ve en el cielo, donde nadie responde por
Nada. Sólo
Dios sabe dónde quedó la mano de quien dejó bajo el
sereno el
arma y el miedo, los gritos.

La ventana abierta durante tantos siglos. 

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